Ojalá esta sea la última vez que te escribo.
Querida Lucía,
Ya ha pasado un considerable tiempo desde que dejamos de frecuentarnos. Mi familia ya está al tanto de los hechos (los más relevantes, los "escándalos" no interesan aquí). La tuya tiene una parte de la historia, una de las peores partes, la parte en la que yo soy todo el problema. Eso no me parece justo pero tampoco puedo decir que yo no fui parte importante de nuestros nudos. En cualquier caso, no me corresponde ni me interesa aclararle a nadie cosas tontas como la culpabilidad. Es lo de menos.
No sé realmente qué quiero decir aquí.
Empecemos por las cosas buenas.
En realidad esta no es una carta para la "verdadera" Lucía como para mi Lucía. Mi Lucía reside únicamente en un lugar en mi mente, entre los recuerdos de los primeros meses que nos conocimos y alguna que otra luz de los últimos que pasamos juntos. Porque la "verdadera" Lucía seguro no tiene ningún interés por mi ni por lo que le pueda comunicar. Eso tampoco importa, solo es una aclaración.
Pero lo que sí importa es el debate entre la "verdadera" y mi Lucía. Con la "verdadera" Lucía todo se destruyó fuertemente, y se llevó una parte de ambos. Ambos perdimos a mi Lucía. Mi Lucía la de las falditas lindas, la que apreciaba tanto mi camisa favorita de bolitas, la que cuidaba con celos su labial de Mac, la que no me recriminaba por lo que soy y, al mismo tiempo, por lo que no puedo ser. Esa chica de rulos y ojos bonitos se perdió en la inmensidad de la existencia, quizás del tiempo, quizás en los cambios psicológicos de nosotros dos personas enfermas con una tristeza que parece intrínseca. Y yo intenté quedarme en ese lugar, entre el dolor y la tristeza, para sacarte de ahí porque yo te amaba como nunca. Pero en mi testarudo intento de lograr lo imposible (salvarte solo contando conmigo mismo) me permití perderme e identificarme con ese dolor y volverme uno con él. Eso hizo que vieras en mi el monstruo que para ti fui, porque estaba inundado de dolor y miedo de perderte. Cada día era una batalla y nuestra vida juntos era la guerra no solo de mantenerte conmigo, sino de mantenerte viva y feliz.
Al menos eso es lo que yo sé.
Hay un punto importante.
Importantísimo.
¿Por qué, como antes, como la primera vez que terminamos, no me pongo todos los días a llorar y a estar deprimido pensando que voy a morirme pronto (y, a veces, queriéndolo)?
Es sencillo. Más o menos. Al menos para mi lo es.
Porque hay algo más grande que ti. Más grande incluso que mi mismo.
Mi meta nunca fuiste tú, ni siquiera lo soy yo. Mi meta es mi vida, una vida que está en relación con la de otros.
Además, ahora estoy tranquilo sabiendo que agoté todo contigo y que has decidido, quiero pensar que conscientemente, no estar contigo. Yo quiero que puedas estar de lo mejor. Yo quisiera para ti únicamente lo mejor, aunque mis criterios de eso nunca te gustaron y tú querías una vida distinta a la que yo me imaginaba contigo. Por forzar a que aceptaras lo que yo te proponía, lo siento mucho. Por todos los momentos en los que no te di amor, lo siento muchísimo.
Ahora cada uno es libre de decidir y elegir por su parte, porque eso es lo que ambos hemos decidido.
De nuevo, espero que puedas estar de lo mejor. Aunque eso ya no me corresponde.
Aunque ya no nos correspondemos.
Donde quiera que estés, te mando solo amor.
Mi Lucía
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