Querida M.,
hoy allí en el que solía ser tu cuarto observé tus fotografías. Te veías tan joven.
Hay muchas cosas que quiero decirte.
Quiero contarte todo lo que me ha pasado este año, y que me digas qué piensas.
Luego de que partieras, me aferré a una de las ideas más importantes que me enseñaste, pensando que eso haría que nadie nunca más partiera de mi lado. Pensé que ayudando a las personas a mi alrededor, poniendo todo mi cuerpo y mente en ayudar sería una solución contra la muerte. Que ya no perdería a nadie como todos te perdimos a ti, M. Pero eso solo hizo que yo mismo me acercara a la muerte, que incluso a veces la deseara. Y ahora, terminando el año, con una lista de acciones fracasadas y una lista de cosas desagradables en esta vida, estoy exhausto. Pero, al menos, ya no me quiero morir. Y ya he entendido que esa idea tuya que quise apropiarme no es perfecta, como ninguna idea lo será nunca. No sé dónde estés ahora. Pero de alguna forma siento que me has acompañado en todo el dolor que ha significado aprender que esa idea no sirve, al menos no por completo. Siento que ahora estás satisfecha, que estabas esperando que estuviera así para que lo aprendiera y creciera. Qué duro es crecer y qué duro es crecer sin poder verte nunca. Ya no pareces existir más que en el viejo cuarto donde ahora te homenajeamos, pero ahora estás al cuidado de mi hermana mayor. Yo creo que entre ustedes dos se cuidan bastante, eso debe ser lindo. Pero yo las extraño a las dos. Tendré que aferrarme a la idea que estoy aquí por el tiempo que me quede y hasta entonces no podré verlas, si es que en realidad podré volver a verlas en algún momento. Yo quiero creer que sí.
Esta no es la última vez que te escribo, y bien sabes que tampoco es la primera.
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